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    06 de Octubre de 2020 - Por Ismael Guerra Saintard

El rostro femenino de la Casa de Ejercicios de Punta de Tralca

Me enteré a fines de julio que el Arzobispado de Santiago anunciaba el cierre definitivo de la Casa de Ejercicios de Punta de Tralca, lugar que hoy podría relatar la historia de la Iglesia en Chile del último siglo. En esa ya mítica Casa se desarrollaron las asambleas de la Conferencia Episcopal, reuniones de laicas y laicos, y muchos otros encuentros en el ámbito religioso, civil y político. Así este lugar de la costa central se convirtió también en un espacio de acuerdos para la historia del Chile reciente.

Ante la noticia de este cierre pocos han mencionado que durante los años de mayor actividad, la Casa de Ejercicios estuvo a cargo de un grupo de mujeres de la Congregación de Religiosas del Sagrado Corazón. Entre ellas la más destacada es la madre Astorquiza, quien la lideró durante varios años junto a tantas otras hermanas, que de manera silenciosa se entregaron a la mantención de ese lugar de oración y reuniones con amor de madre.

 En mi paso por el Seminario de Santiago, mis visitas a Punta de Tralca se hicieron costumbre al menos dos temporadas al año, tiempo que me sirvió para meditar, caminar contemplando la naturaleza y compartir con otros peregrinos. Muchas veces me acerqué a la cocina que estaba unida al comedor principal donde nunca faltó el pan “cortado con guillotina”, y donde pude conversar con las mujeres y religiosas que sin distinción se unían con las trabajadoras. Recuerdo hoy a las hermanas Luz Garcés, Clotilde Echeverría, Marina Ruiz, Celestina y tantas otras.

A las hermanas se les veía en distintos roles desde la sacristía y lo litúrgico; hasta la huerta que abastecía la casa con diferentes verduras. Recuerdo por ejemplo las tradicionales lechugas con choritos”.

 Desde la década del setenta hasta pasado la del 2000, las hermanas convirtieron la Casa en una verdadera “villa”. Muchos trabajadores vivieron en el mismo lugar junto a sus familias y cumpliendo diversas labores. Recuerdo a la Sra. María del kiosco, ella decía que tuvo su casa gracias a las hermanas. Y que también era en su casa donde la hermana Clotilde se reunía con algunas mujeres del sector para realizar algún taller o rezar.

Para todas y todos, la Casa de Retiro tenía las puertas abiertas sin importar incluso la religión. Había épocas como en diciembre en que se llenaba de abuelos y abuelas de distintas parroquias, y de clubes que veían como su única posibilidad de descanso en el año pasar unos días en Punta de Tralca. Encontraban ahí un lugar económico donde eran atendidos con la misma dedicación y cariño que a obispos o cualquier otro grupo. Las hermanas procuraban que el comedor fuera un lugar siempre de encuentro donde todos los grupos interactuábamos y compartíamos.

En los años más duros de la dictadura militar, Punta de Tralca fue también lugar de refugio para perseguidos y agobiados por el régimen de Pinochet. En ese contexto las hermanas pusieron en riesgo sus propias vidas resguardando a las víctimas de las injusticias. Así transformaron su casa en un hogar seguro, siendo fieles al carisma centrado en el Corazón de Jesús, entregando amor sin medida.

Hoy agradezco la oportunidad de hacer esta sencilla y breve reseña para destacar a aquellas religiosas que mantuvieron vivo el lugar de encuentro y de oración como fue la Casa de Punta de Tralca. Es un gesto de justicia y de reconocimiento al trabajo silencioso y poco reconocido de tantas mujeres por la Iglesia en distintos ámbitos y lugares. Gracias por todos esos años de fidelidad y por ser el rostro femenino de la Iglesia ante tantas peregrinas y peregrinos.

Sin duda, aquella Casa de Retiro no hubiera marcado la vida de tantos si no fuera por la dedicación de las religiosas del Sagrado Corazón.

Ismael Guerra Saintard

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