"Aquí hemos crecido, acompañado, enseñado y, sobre todo, hemos aprendido a amar... Para vivir en comunidad, enamorarse de la pobreza viviendo con ella, alimentar una vida espiritual profunda... , aunque es difícil, vale la pena arriesgarse. Al fin y al cabo, el pilar de la experiencia es Dios." Javi, Maida y Minina. Michaicas 2006
“Si este mundo se convierte
en un lugar más habitable,
será sólo a través del amor”
Queremos ofrecer un espacio para que los jóvenes puedan experimentar la posibilidad y la vigencia que aun tiene el proyecto de Jesús:
el amor, traducido en obras concretas de servicio, de escucha, de atención, es lo único que cambiará el mundo.
queremos compartir con otros esta llamada que mueve nuestra manera de vivir y de actuar:
“Tengan entre ustedes los mismos sentimientos que tuvo Cristo Jesús”
(Fil2,5)
Queremos colaborar en la obra de transformadora de Dios uniendo muchos otros esfuerzos, aportes y dones hasta verla completa... y lo queremos hacer aprendiendo a:
“Contemplar y sentir la realidad con el Corazón de Cristo para comprometer nuestras vidas al servicio del Reino y crecer en el amor”.
La urgencia de las necesidades
del mundo y la llamada de las
iglesias locales,
nos exigen respuestas creativas...
y generosas.
Y es aquí, en Michaihue, barrio marginal de Concepción, que actualmente crece y acoge a familias de los campamentos de Concepción, Talcahuano y San Pedro, donde queremos construir el mundo de justicia y paz en respuesta al grito de los más pobres...
Cualquier esfuerzo por pequeño que parezca,
es significativo para sanar las heridas de la injusticia...
Estemos abiertas, atentas y seamos valientes.
Con un grupo de jóvenes
que postergaron sus
estudios universitarios
nos hemos lanzado a
hacer juntas
esta experiencia...
seguras de la fuerza
de Dios en todos nosotros...
Buscamos:
- Civir pobremente entre los pobres durante un año.
- Ser una comunidad compartiendo lo que somos y tenemos.
- Dejarnos conducir por el Señor en el encuentro con la gente, en las relaciones entre nostras mismas y en el trabajo, apoyadas en la oración, la reflexión, el discernimiento y el acompañamiento.
- Compartir la misión y la vida con la comunidad de rscj , acompañándonos y enriqueciéndonos mutuamente desde nuestras diferencias y animándonos desde el mismo fin que nos reúne.
- Insertarnos, como Cristo se encarnó haciéndose uno de tantos, en la vida de la población, en sus instituciones y organizaciones, en sus familias y grupos, siendo uno más de ellos, aportando según nuestras posibilidades, creando comunión y fraternidad, animando esfuerzos y esperanzas, sanando heridas y consolando penas.
- Colaborar en la misión de la iglesia de Michaihue, disponiéndonos con generosidad a responder a sus necesidades.
El amor ha labrado nuestra identidad
... es nuestro deseo y nuestra alegría
Y podemos hoy decir que esto ha sido posible... vivir con menos dinero, espacio, entretenciones y comodidades; construir una comunidad día a día conociéndonos, acogiéndonos y sosteniéndonos; sentirnos llevadas de la mano de Dios en la oración, en las reflexiones y búsquedas que juntas hemos hecho de su presencia y su llamado; hacer comunidad con los miembros de la iglesia y con las rscj de Michaihue, sabiéndonos responsables de la misma misión que nos encomienda Jesús; entrando en las familias, formando parte de grupos de niños y jóvenes, trabajando en el jardín infantil, en las escuelas y con los ancianos y enfermos, colaborando en grupos de la junta de vecinos, de discapacitados y en una radio local.
Hemos empezado a comprender eso de Jesús: que siendo Dios se hizo hombre, que si el grano de trigo no muere no da fruto, que eran necesarios sus 30 años en Nazaret antes de comenzar su misión, que había que hacerse débil con los débiles, porque experimentando nuestra debilidad puede compadecerse de todos los que nos somos frágiles.
Estamos ciertas de que esta experiencia no ha cambiado el mundo, pero ha cambiado el corazón... Se nos ha regalado un corazón más abierto en el que caben los distintos, los frágiles, los desamparados, los últimos, los que no se ven. Los pobres nos han abierto su corazón, se nos han acercado a contarnos sus vidas, nos han abierto sus casas y han compartido su pan, sus tareas de cada día, su cariño; nos han abierto sus lugares de trabajo, invitándonos a ayudarles con humildad... Nuestro corazón y el de ellos... más abierto..., más capaces de amar... más hermanados. Si, desde el comienzo sentimos que veníamos a amar, y hemos aprendido que es lo único que importa.
“Me ha enviado a dar la buena nueva a los pobres, a sanar a los de corazón destrozado, a proclamar la liberación de los cautivos y a dar la vista a los ciegos... me ha enviado a proclamar un año de gracia del Señor.” (Lc. 4, 18-19)
Este año ha significado comprender el verdadero sentido de la palabra “entrega”. Año de encuentro con Dios, con el prójimo y consigo mismo, un año para plantearse metas y luchar por ellas, un año de superación personal para aprender que podemos ser mejores mujeres para el mundo. Todo lo hacemos conscientes de que somos instrumentos de Dios, de que Él nos lleva a entrar a este lugar, a esta población, a esa escuela, a esa familia, a ese niño, a ese corazón.
Sin duda no ha sido fácil vivir lejos de nuestras familias, de nuestras amigas, de nuestros pololos, de la vida que llevamos durante 18 años; pero el apoyo de la comunidad ha sido algo imprescindible. Hemos aprendido a conocernos, a aceptarnos y a querernos, y que desde la diversidad podemos formar un solo cuerpo.
Sabemos que no tenemos mayores estudios ni grandes herramientas para servir, pero sentimos que, movidas por la vida que llevó Jesús durante 30 años como un hombre más de su pueblo, estamos aquí para ser una más, una hija, una amiga, una tía, una compañera... en fin, una mujer más que vive, llora, ríe y sueña en Michaihue.
“Irás a donde yo te envíe y dirás todo lo que yo te ordene.
No les tengas miedo, pues yo estoy contigo.” (Jer. 1, 7-8)
Uno ve en las noticias, día a día, rostros de personas con todo tipo de carencias; en la educación, la vivienda, las oportunidades, el trabajo e incluso el amor. Uno escucha continuamente cifras de cesantía, analfabetismo, indigencia... números, a los oídos de muchos son nada más que números. Cómo cambia la mirada cuando uno conoce sus rostros, sus hogares, sus historias, su vida, su corazón. Es impresionante ver cómo puede coexistir tanta humanidad en medio de un ambiente indigno para el ser humano, lleno de dolor, violencia, drogadicción, delincuencia, maltrato y soledad. A pesar de todo esto y a causa de esto, hoy somos testigos de la misteriosa manera en cómo Dios se manifiesta en nuestro mundo herido llamado Michaihue. De a poco vamos entendiendo por qué Dios se hizo hombre y habitó entre ellos y cómo lo sigue haciendo hoy día.
“En vez de misionar, uno termina siendo misionado”, esta frase tan repetida vuelve a cobrar sentido entre nosotras, cambiando nuestra mirada por una más parecida a la de Cristo. ¿Quiénes son para nosotras los pobres? Gente que a pesar de sus problemas, su miseria y su dolor, nos enseñan a ser fuertes, optimistas, libres, a tener esperanza, a confiar en Dios, a ser felices, en resumidas cuentas a amar.
Vivir entre los pobres, con ellos y como ellos...
Esta experiencia ha sido un regalo que Dios nos ha dado, nos ha invitado a ser mujeres fuertes, perseverantes y dispuestas a entregar amor en esta población.
Partimos por los jóvenes, luego los niños y siguiendo, nos hemos ido ganando el cariño de tantas familias que nos han acogido como una más de ellos. Dentro de nuestra vida diaria está el trabajar con los jardines infantiles, escuelas, grupos juveniles, iglesia católica, hasta incluso el taller folclórico de la comunidad.
Hemos aprendido a ser mujeres sencillas, alegres, fuertes y dispuestas a entregar lo mejor de nosotras hasta amar.
Más que conocer la pobreza nos hicimos parte de ella y parte de ellos también, por eso es que nosotras las invitamos a luchar, amar, contentarse con las cosas pequeñas y soñar como niños.
“Y con los pies añejos y descalzos sigamos caminando”
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