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Testimonios
Mi experiencia como voluntaria en Nicaragua...

Creo que todo nació cuando estaba en tercero medio, y celebrábamos la fiesta de Filipina, su canonización. Recuerdo que cuando leíamos sobre la vida de esta mujer yo soñaba con realizar un largo viaje para prestar algún servicio voluntario y trabajar con la gente más sencilla...

Cada cierto tiempo este sueño resonaba dentro de mí, en espera, siempre con la esperanza de concretizarse y es cuando llego a Copiapó a apoyar unas colonias que me entero de la organización que tienen las Rscj en España con su voluntariado, y comienzo a trabajar por lograr llegar a Nicaragua...

Cuando llego a Nicaragua hay muchas cosas diferentes a Chile, salgo  del aeropuerto y el calor húmedo fue como una bofetada... por otra  parte las picaduras de zancudos fueron muy notorias durante los primeros meses, creo que desaparecían en la medida que mi organismo se acostumbraba realmente al medio en el cual estaba.

Recuerdo también que, en un primer momento sentía mucha pena de angustia (para los nicas la pena es vergüenza), ver en las calles mucha basura, generalmente bolsas plásticas, que es donde se vende el agua; además una cantidad incalculable de niños, ancianos y discapacitados ya sea pidiendo limosna, lavando vidrios o vendiendo esta agua.

Hacia el sector rural el paisaje no variaba mucho, reconozco que sin conocer mucho del país, la imagen que llevaba de Nicaragua era más selvática. En cambio observó un paisaje muy seco, casi parecido a nuestra cuarta región (claro que después al conocer otras zonas, veo la diversidad de paisajes que tiene este pequeño y hermoso país). Por último el adentrarme y conocer más la realidad político y social del país, descubro cómo una gran mayoría percibe en el país un alto nivel de corrupción sobre todo en aquellos que manejan el gobierno y en definitiva tienen el poder.

El calor me atontaba, me agotaba... y la angustia lleno mi corazón, todavía recuerdo esa sensación en el corazón, lo veía todo tan oscuro, me preguntaba como las personas podían vivir en esas condiciones, cómo alguien podía ser feliz... ¿serían realmente felices los nicas?

Esta pregunta me llevó a buscar una respuesta que me fue respondida en muchas ocasiones... 

Ya a los quince días de estar en Nicaragua, de ambientarme y de conocer el trabajo de la institución (Juan XXIII), me voy a vivir a una de las sedes zonales.

El Instituto Juan XXIII tiene su sede en Managua, en la Universidad Centroamericana (de los Jesuitas), ejecuta proyectos y uno de ellos es el Proyecto de Desarrollo Humano que trabaja en tres zonas rurales cercanas a Managua, la capital. Cada zona tiene una sede ubicada en una comunidad semi-urbana, que a su vez cuenta con otras comunidades rurales (de 3 a 5 comunidades). 
El proyecto considera un trabajo de organización comunitaria que permite el desarrollo de los actores que se comprometen con el proyecto. Se comenzó con el trabajo de conformación de cuatro grupos: educación, salud, mujeres y jóvenes. Los que se han reforzado con el acompañamiento, desarrollo de actividades y capacitaciones, ya a finales del año pasado en cada una de las comunidades se conformaron los consejos y comités de desarrollo comunitario, con líderes formados en los cuatro grupos antes mencionados.

En un principio se me asigna el trabajo con dos grupos de interés: mujeres y educación, en seis comunidades. Esto me significo recorrer en más de una oportunidad largas distancias para reunirme con los grupos. En ocasiones no lograba hacer el recorrido de regreso en el mismo día por lo que tenía que quedarme en la comunidad.

La gran mayoría de las comunidades no contaba con luz eléctrica, y para abastecerse de agua se recurría a pozos comunitarios o algún río cercano. Esto generaba, en ocasiones, que hubieran algunas enfermedades principalmente en los niños. 

El poder alojar en las comunidades me permitió establecer una mayor cercanía con la gente. Ellos son conscientes de sus limitaciones materiales, pero la visita de un extranjero es casi un gran acontecimiento... En mi caso en particular, les resultaba más fácil decirme chilena que llamarme por mi nombre, incluso algunos niños llegaron a pensar que ese era mi nombre...

Es ahí en el contacto cercano con las familias, compartiendo sus vidas, sus alimentos y haciendo uso de sus bienes, donde me puedo dar cuenta de lo felices que son con tan poco, de cómo tiene presente a Dios en sus vidas y de lo generoso que pueden ser con el visitante...

Comprendí que con ojos sencillos no se pueden ver algunas cosas, que es necesario pedir prestado los ojos a Dios para realmente ver lo maravilloso que es la vida, en lo distinto, en lo que es cotidiano y habitual. Se aprende a descubrir a la persona, a sentir como viven, se alimentan, y enfrentan sus dificultades, y en particular este pueblo que cuenta con experiencias de vida marcadas por el dolor y la carencia, desde los tiempos de represión por un prolongado período de dictadura y luego de cómo a través de la lucha armada, rompe las primeras cadenas asumiendo las consecuencias dolorosas de ese caminar.

Me impresiona ver que en este caminar, la gente pueda ser tan alegre, y de cómo no han permitido que la depresión y el stress se introduzcan en sus vidas así como ocurre en nuestras culturas, que se suponen más civilizadas.

En este caminar por Nicaragua, tuve también la posibilidad de trabajar en Centro de Pastoral colaborando en la formación y preparación de un grupo para la Confirmación; así también participe en las misiones de Semana Santa con e l grupo Cuesta Arriba (estudiantes de la Universidad Centroamericana).

Son muchos los aprendizajes obtenidos desde Nicaragua, que incluso ahora estando en mi país recién he logrado internalizar. Aprendizajes en lo profesional, en mi relación con el otro, en el vivir la amistad, en el compañerismo, en la colaboración, y en la diversidad... e incluso en el vivir en comunidad, junto a las rscj, me ha dado la posibilidad de vivir en el compartir, de vivir en la pobreza, en el vivir con un corazón dispuesto a entregar y recibir, en el que resalta la persona, en donde es más fácil descubrir las cualidades particulares. Conocer al resto de la familia que viene de Sofía, me ha dado una amplitud de lo que esta obra significa y por sobretodo de poner en práctica y manifestar, sin importar de donde se esté, el amor de Dios. 

Con ojos sencillos me quedaba con lo distinto a lo ya conocido en mi país, me quedaba en el comparar, con los ojos de Dios pude rescatar una cultura, una forma de vida distinta que no necesariamente es peor o mejor que otra, sino que es especialmente bella por ser única y particular.  Con esos ojos pude amar lo distinto, la pobreza extrema, las deficiencias, otras cualidades, otros dones...

Nicaragua hoy día es una palabra que se hace vida, que trae a mi mente muchos rostros de personas con nombres, personas que abrieron sus corazones y sus vidas para traspasar la mía.

Patricia Opazo Sánchez

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