SOFIA BARAT: UN SI EN LA INDECISION

Publicado el 05 de mayo de 2015    |   Desde el corazón (Borrador)

No se trata de que la duda, la inseguridad o la indecisión sea lo más conveniente, porque en momentos, puede generar miedos que, fundados o no, provocan malestar, inmovilidad o a veces decisiones que pueden tener consecuencias nefastas. Pero en justicia hay que decir que no tener plena seguridad de las cosas no es “malo”, es simplemente real y verdadero, nunca se tiene todas las cartas del juego de la vida, ni tampoco se puede predecir con exactitud, cual será la jugada del compañero de turno en el juego. Lo interesante es “seguir en el juego”, seguir apostando, ¿para ganar? Esa puede ser la tentación. Hoy en pleno siglo XXI, donde la competitividad es el nutriente que nos hacen beber desde pequeños, pareciera que no tiene sentido entrar en el juego sino es para tener éxito, pero NO, rotundamente NO. Para el juego de la vida, aunque nos publiciten lo contrario, el objetivo es y seguirá siendo el juego en si mismo, el vivir lo mas plenamente posible, lo mas libre posible y teniendo como premisa el bienestar o simplemente la satisfacción de jugar, de participar, más que de ganar.

Sofía Barat comenzó esta partida del juego de la vida muchas veces, algunas con más animo que otras, en momentos con más paz y seguridad, pero en otros, me atrevería a decir que casi en la mayoría, con más oscuridad e incertidumbre.

Hoy es Santa reconocida por la Iglesia Católica, así lo simboliza claramente la estatua que está dentro de la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Pero llegó hasta allí porque ganó todas las partidas, porque no erró en el juego o porque tuvo la facultad de prever las jugadas de su mundo alrededor, ¡en ningún caso!!! Es impresionante como al leer su historia descubrimos grandes momentos de indecisión, de dificultad, de no saber qué hacer en tal o cual situación, de sentirse juzgada, no respaldada ni por sus hermanas o por sus compañeros de misión, los sacerdotes. Recordemos sólo algunos de esos momentos de sombra.

Primero cuando parte a los 16 años de Paris con su hermano Luis, quien no quiso que los talentos intelectuales de Sofía se desperdiciaran en el trabajo del campo del pueblito de Joigny. Sofía no tiene claro si quiere dejar su tierra querida, su familia, sus viñas que le encantaban, ni siquiera sabía los medios con los que Dios iría moldeando su corazón para convertirla en la Fundadora de una Congregación internacional que llegaría hasta nuestros días a extenderse por los cinco continentes.

Un escrito de la M. Deshayes da algunos datos de lo complejo que fue aquel primer tiempo de instrucción de Sofía junto a su hermano Luis:

“La confiaron al cuidado de su hermano, que tenía más interés en el desarrollo espiritual de su hermana que experiencia en los cuidados físicos que precisaba su constitución frágil y delicada. Soñaba con convertirla en santa(…) La hacía trabajar sin darle descansos que hubieran sido propios de su edad y sus fuerzas(…)En cualquier caso, le quedaron secuelas físicas de aquello para siempre”.(Genevieve Deshayes, Notas sobre nuestra madre fundadora)

Podemos imaginar entonces que sus comienzos en la gran ciudad de Paris no fueron fáciles, un hermano severo, exigente, que no tuvo cuidado respecto a su salud, la añoranza de su pequeño pueblo y a eso se sumaba además el ambiente convulsionado post  Revolución francesa, que había sembrado el Terror por la persecución de la Iglesia católica y la muerte de muchos sacerdotes. 

Sofía siempre soñó con la vida contemplativa y con ser carmelita, pero por sobre todo quería entregar su vida a Dios, por eso cuando el P. Varin le propuso la idea de crear una congregación dedicada a la educación y con una espiritualidad centrada en la devoción al Sagrado Corazón, aun cuando no tenía claridad de lo que esto suponía, aceptó y trabajó por este propósito considerándolo el deseo de Dios. Sólo muchos años más tarde se plasmaría con claridad el carisma de esta congregación:

“Este mundo no aprecia como grande más que lo que es en realidad pequeño. Si nos atrevemos a proponerle el fin verdadero de nuestro trabajo que es el Reinado de Jesús en los corazones, se alejarían de nosotras con desdén, pero si hablamos de estudios, beneficencia, conveniencias humanas, nobleza de corazón y de espíritu, nos escucharán. ¡Ojalá pudiéramos conducir a Aquel a quien estamos consagradas algunas verdaderas adoradoras que le sirvan plenamente y le hagan servir! (A.F. Poitiers, Affaire d Oliver)

Y aunque al parecer su fin y misión es claro, Sofía sufre continuamente cuestionamientos de fe, Dios de la misericordia que intenta mostrar el Corazón de Jesús se le ensombrece al pasar por quebradas oscuras de incomprensión, que la devuelven a la vieja teología que aprendió desde pequeña, el jansenismo(una teología que presenta a Dios como juez severo, que infunde mas temor que amor, de un rigorismo moral exacerbado). Esto se puede visualizar en las cartas de los sacerdotes que la acompañaron espiritualmente, allí se pueden deducir las oscuridades por donde vagaba el espíritu acongojado de Sofía, dudando del Amor de Dios, le dice el P. Joseph:

“Dios no vino al mundo para ser temido sino amado. ¿Cómo es posible que desconfíe de un Dios que la ama infinitamente, que sólo desea su salud y su felicidad? ¿Cómo puede desconfiar de su querido hermano Jesús, que tanto ha sufrido para salvarla, que tantos sacrificios ha hecho para que llegue a compartir su gloria y sus tesoros? ¿Cómo puede desconfiar de ese corazón amable y amado que únicamente desea ser amado para dar amor?” (Joseph Marie Favre a Sofía Barat, 1832)

Y es que haber trabajado por el Reino poniendo toda la vida y el corazón nunca fue fácil para Sofía, vivió la traición, la incomprensión, la envidia y eso sin duda, también la hizo caminar con mucha indecisión, así lo retrata en síntesis Phill Kilroy en el libro Vida:

“En las diferentes fases de su vida, Sofía había dado muchos pasos en solitario. Había encontrado la valentía para salir de las tinieblas de la timidez hasta convertirse en superiora. Experimentó las alegrías y las penas de la amistad(…) Tuvo que someterse al rechazo y al ridículo de algunas de sus compañeras más queridas y de algunos sectores de la Iglesia. Y, sin embargo, encontró libertad interior y fuerza personal(…)encontró una fuente de vitalidad en su fe en Dios y en la oración, donde recobraba el aliento. También tuvo que pagar un precio por eso, puesto que sacaba sus fuerzas de un Dios visto a través de la imagen del Corazón de Jesús herido a su vez en el Calvario”. (Epílogo del libro Vida, Phill Kilroy)

Como vemos, la santidad de Sofía no tuvo que ver con aciertos, ni circunstancias favorables o previsibles, sino más bien con un sutil y delicado proceso que fue haciendo el Espíritu en ella, en la medida en que se fue abandonando por completo en las manos de Dios. En muchos momentos de su vida no tuvo estabilidad emocional, ni fortaleza física (recordemos que producto del mal cuidado en su adolescencia sufría contantemente de enfermedades), no contó con el apoyo de quienes debían aconsejarla y lo que es peor, su fe se tambaleaba ante las dificultades y los propios escrúpulos que le provocaban sobre exigencias piadosas que en nada colaboraban a la acción del espíritu en ella. Pero su santidad se va dibujando entre la mezcla de luz y tinieblas, en una sabiduría que va madurando con el correr de los años y que hoy puede y quiere ser palabra iluminadora y refrescante en este tiempo en que la recordamos:

“El gran secreto de la vida espiritual que asegura nuestra salvación y nuestra perfección, es mantenerse en las manos de Dios como un niño en las de su madre, abandonarse a Él en el presente y en el futuro, sin averiguaciones inútiles y sin inquietud, aprovechar el momento presente para transformar en bien de nuestra alma, las penas, los problemas, las dificultades, que tenemos que pasar: esa es la sabiduría”. (Carta de Sofía Barat a M. Bosredont, 1845) 

Por Bernardita Zambrano Chávez rscj

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