Invitamos a la familia del Sagrado Corazón, laicos, hombres y mujeres, a renovar una vez más su compromiso de ser co-creadores del futuro, ¡a ELEGIR LA VIDA!

Publicado el 29 de mayo de 2018    |   Por Sofía Baranda rscj    | Desde el corazón

SOCIETÀ DEL SACRO CUORE CASA GENERALIZIA                         Roma, 25 de mayo 2018

Fiesta del Sagrado Corazón de Jesús - Fiesta de Sta Magdalena Sofía Barat

 

Queridas hermanas y familia del Sagrado Corazón:

Esta carta les lleva mucho cariño, oración y deseos de felicidad en las fiestas de santa Magdalena Sofía y del Sagrado Corazón, día en que celebramos la esencia de nuestro carisma y, como religiosas del Sagrado Corazón, renovamos nuestro compromiso con nuestra vida y nuestra misión.  Nuestra reflexión, así como nuestra oración y nuestra contemplación, ha tenido lugar en los sitios en los que estamos experimentando la vida diaria, intentando vivir el evangelio.

En un mundo que se tambalea entre la abundancia de riquezas materiales y una pobreza mortífera, en el que los líderes nacionales y las personas en general provocan conflictos en vez de promover la reconciliación y la paz, nosotras, como Sociedad, estamos entrando en un momento decisivo de nuestra historia, un momento en el que cada una está llamada a entrar en el misterio de la vida y de la muerte, a ELEGIR LA VIDA como cuerpo, y todo ello por el bien de nuestra MISIÓN.

Invitamos a la familia del Sagrado Corazón, laicos, hombres y mujeres, a renovar una vez más su compromiso de ser co-creadores del futuro, ¡a ELEGIR LA VIDA!

Hay tres cosas que me llaman la atención como esenciales en este camino: intensificar nuestra capacidad de escucha del Espíritu, abrirnos al diálogo con los demás y abandonar aquellas preocupaciones, actitudes y elecciones vitales que impiden que nazca una nueva vida.

En el evangelio de la fiesta de Santa Magdalena Sofía (Jn 15), Jesús nos recuerda que Él es la vid, la fuente de la vida, y que nosotros somos los sarmientos. Como siempre, el evangelio de Juan nos ayuda a percibir la acción de Dios en nuestra vida. Como aficionada a la jardinería, siempre me ha resultado difícil podar. Me cuesta creer que lo que hay que hacer es cortar las ramas o arrancar las plantas que crecen demasiado juntas. Pero si se quiere alcanzar el objetivo de producir la mejor fruta, hay que podar. Podar los racimos de uvas es un arte, que se hace mejor en tiempo de letargo. El agricultor tiene que discernir qué sarmientos cortar para que los nuevos puedan crecer fuertes. Solo hay que mirar la diferencia entre las vides que están cultivadas y las que no lo están para ver donde florece la vida y donde no. Podar las viñas en el momento oportuno, no todas de la misma manera –las viñas más viejas, las más nuevas, el momento del año, el lugar– la teoría es la misma, el objetivo es conseguir un fruto lleno de sabor.

Es esto lo que estamos llamadas a hacer, personal y comunitariamente, a escuchar al Espíritu, a discernir juntas qué necesitamos podar y qué alimentar para tener nueva vida. Y es importante recordar que no somos las dueñas de la viña, ¡que el dueño es Cristo! La experiencia de la gente con la que nos relacionamos, a nivel local y global, nos impulsa a trabajar el campo: son el sol y el suelo de todo lo que somos y hacemos. Somos trabajadoras que necesitan escuchar y prestar atención. También tenemos que recordar que no somos las únicas trabajadoras de la viña, y que probablemente el resultado será mejor si trabajamos juntos.

Este año en el evangelio de la fiesta del Sagrado Corazón nos encontramos con Jesús muerto en la cruz. Los discípulos y su familia debieron experimentar fracaso –se había terminado lo que esperaban. El reino que habían imaginado no iba a llegar. Estoy segura de que María y las mujeres que rodeaban a Jesús, igual que los discípulos, estaban ancladas en la experiencia profunda de la muerte, olvidando por completo cualquier palabra o expectativa de vencerla y de resucitar. La primera parte de sus vidas había acabado. Como dijeron los discípulos en el camino de Emaús, “nosotros esperábamos”. Y sin embargo existía el indicio de que lo que iba a salir –la sangre y el agua que brotaron de su costado– de las heridas que él llevaba, de las heridas de la humanidad y de la muerte que él vivió, era una nueva vida.

Necesitamos preguntarnos cuál es la nueva vida que buscamos, cuáles son las cosas con que tropezamos en el camino o que nos bloquean impidiéndonos ver la nueva vida, y qué es lo nuevo que nuestra comunidad quiere hacer porque Cristo ha resucitado.

Se nos llama a todas a rezar en profundidad. Estamos llamadas a hacer más profundo nuestro amor –en el Corazón de Cristo, por cada una de nosotras y por nuestro mundo y su gente. Estamos llamadas a participar de cualquier manera que nos sea posible.

Pidamos el Espíritu que ha guiado a Sofía en su vida para que nos fortalezca e ilumine, que nos dé los dones que necesitamos para vivir profundamente y unidas en este momento tan importante para la vida de nuestro mundo, nuestra Iglesia y nuestra Sociedad.

Con mucho cariño y oración al celebrar juntas nuestras fiestas,

Barbara Dawson RSCJ

Superiora General

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