Nuestra comunidad
está constituida por
Marta Nuñez,
Guillermina Luza y
Olivia Oyarzún. Las tres deseamos ser una comunidad en donde nos ayudemos a que cada una saque lo mejor de sí misma, en fortalecer nuestra opción de
vivir en medio de los pobres, atendiendo a las mujeres, los jóvenes y los niños.
Con estos deseos vivimos en Quilicura, una comuna campesina-urbana, en la población Parinacota, a este lugar llegaron hace una década las familias de los campamentos. Hoy vivimos en medio de ellos y ellas, insertas en esta población, en la Zona Norte nuestra capital.
El espacio físico donde vivimos es un departamento de 36 m², muy pequeño pensando en una familia. Además la calidad de estas viviendas es muy mala, paredes delgadas, poca impermeabilización que ponen es riesgo una vida sana, integral y segura. Esto nos habla del nuevo rostro de la exclusión.
A partir del año 2002 comenzaron las reparaciones, para ello se necesitaba trasladar las familias a otros departamentos con mejores condiciones en una población aledaña. Para esto las familias debieron renunciar a la demanda interpuesta, una lucha de años, los que tuvieron acceso a esto fueron las familias que tenían un mayor poder de endeudamiento.
La población Villa Parinacota se quedó con las familias más empobrecidas por el traslado mientras le reparaban el suyo. En tanto han ido llegando familias que se han tomado los departamentos abandonados sin adaptarlos, viviendo en condiciones muy precarias. Agudizando los problemas de violencia, en la familia y el entorno, aumentando el consumo de drogas en mujeres, hombres y jóvenes.
Nuestro compromiso en medio de esta realidad es “gritar” más fuerte que la vida vale mucho, que cada persona vale y tiene derechos y dignidad por ser quien es. Y queremos hacerlo desde un trabajo en conjunto, con personas que son nuestros vecinos y vecinas, y también amigos, profesionales jóvenes “de fuera” que han optado con cariño por ser “de dentro”. Desde proyectos concretos y también con nuestro testimonio de vida.
Esto es todo un proceso que partió realizando pequeños trabajos en reciprocidad y colaboración hasta que hoy podríamos hablar de un trabajo en equipo con otros/as.
Hoy trabajamos con un grupo de jóvenes en un proyecto dirigido a los niños/as más abandonados de nuestra población, queriendo acompañarlos en un desarrollo que les hable de sus valores, cualidades y posibilidades, con cariño y respeto. A su vez un grupo de adultos acompaña a los monitores/as para ir aprendiendo juntos el contener y cuidar la vida de otros.
También acompañamos la
Catequesis Familiar de un colegio vecino. Espacio donde: compartimos la fe con los papás y mamás guías, y las ACN; y acompañamos en un proceso de maduración de la fe a las familias del colegio que quieren hacer este camino en conjunto.
Para nosotras, como comunidad de Religiosas del Sagrado Corazón, es muy importante compartir la vida y la suerte de los de “acá”, el viaje en micro, los cansancios, frustraciones e impotencia, como los gozos, alegrías y esperanzas. Cada una de nosotras, es enviada desde esta realidad a decir que hay una humanidad mejor, que se puede vivir con más amor aún en medio de tanta injusticia y pobreza, lo diremos aquí y también en cada uno de nuestros trabajos donde vamos cada día.
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